Maestro Francisco Javier Aragón Salcido
El rechazo en la Cámara de Diputados a la reforma
electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum no es solo una derrota
legislativa.
Es el primer aviso de que el sistema político
mexicano ha entrado en una nueva etapa: la etapa del poder negociado.
Durante seis años, el país vivió bajo una lógica distinta.
El férreo liderazgo político del expresidente Andrés Manuel López Obrador logró
mantener cohesionada a la coalición gobernante y disciplinar a aliados y
legisladores. Las reformas avanzaban con relativa facilidad y el bloque
oficialista votaba prácticamente en automático.
Ese ciclo parece haber terminado. La reforma
electoral de Claudia Sheinbaum fue rechazada no solo por la oposición, sino por
los propios aliados de Morena. El Partido Verde y el Partido del Trabajo
decidieron votar en contra, exhibiendo que la alianza oficialista está
sostenida más por intereses políticos que por convicciones ideológicas.
En política no existen las mayorías automáticas.
Existen las mayorías negociadas. Y en este caso la negociación simplemente no
ocurrió.
Los partidos aliados entendieron que el nuevo
gobierno ya no tiene el mismo control político que existía en el sexenio
anterior. Por eso elevaron el precio de su apoyo: más gubernaturas, más
alcaldías, más posiciones legislativas.
Morena, acostumbrado a imponer su agenda desde el
poder presidencial, subestimó la aritmética parlamentaria. El resultado fue una
derrota que revela varias cosas al mismo tiempo.
Primero, que la oposición —PAN, PRI y Movimiento
Ciudadano— aún tiene capacidad de bloquear reformas constitucionales cuando actúa
en bloque.
Segundo, que dentro de Morena existe una disputa
silenciosa por el control del movimiento. La incorporación masiva de ex
priistas y ex panistas ha generado una nueva élite política dentro del partido
que hoy disputa posiciones de poder.
Y tercero, que el sistema político mexicano está
regresando a su viejo equilibrio: nadie gobierna solo.
En este escenario comienzan a reacomodarse los
actores políticos. El regreso al Senado de Manlio Fabio Beltrones con
propuestas para limitar la sobrerrepresentación legislativa es una señal de que
la vieja clase política busca reposicionarse en el nuevo tablero.
Al mismo tiempo, Morena enfrenta conflictos
internos, escándalos de corrupción y tensiones entre las distintas corrientes
del movimiento.
Nada de esto significa el inicio del fin de Morena
ni el debilitamiento definitivo del gobierno de Claudia Sheinbaum. Morena sigue
siendo la principal fuerza política del país y mantiene una amplia presencia
territorial.
Pero sí significa algo relevante: el fin del
dominio político absoluto que caracterizó la era de Andres Manuel López Obrador.
La presidenta Claudia Sheinbaum enfrenta ahora una
realidad distinta. Si quiere impulsar reformas profundas tendrá que hacer lo
que todo gobierno en un sistema plural está obligado a hacer: dialogar, negociar
y construir acuerdos.
Porque en la política mexicana hay una regla que
nunca cambia. Cuando se termina la hegemonía, el control y el dominio , comienza
la negociación.
No hay comentarios:
Publicar un comentario