martes, 10 de marzo de 2026

Los conversos del poder. Ex priistas y , ex panistas. Se adueñaron de MORENA.

Maestro Francisco Javier Aragón Salcido.

Toda hegemonía política necesita algo más que votos. Necesita cuadros, operadores y estructura territorial. Y ahí es donde aparece una de las paradojas más interesantes del poder actual en México: la hegemonía de Morena se sostiene, en buena medida, sobre los hombros de ex priistas y ex panistas.

Una sublime pléyade: Cuauhtémoc, Porfirio, Ifigenia, Camacho, Andrés Manuel, Ebrard, Monreal, Tatiana, Corral, los Yunes, Américo, Robledo, Durazo, Laida, Espino, Quirino, Claudia, Fallad, Marina del Pilar.

Muchos creen que Nuestra Señora Presidenta, Claudia Sheinbaum, está confinada en el Palacio Nacional. Si no hay ruptura, MORENA perdurará, pero si se balcaniza, tal y como como sucedió con el PRI y, el PRD; su futuro será, irremediablemente, incierto. 

El fenómeno no es casual. Cuando los sistemas políticos cambian de eje, las élites políticas no desaparecen; se reacomodan. Así ocurrió cuando el PRI perdió la presidencia en el 2000 y muchos cuadros migraron hacia el PAN.

Y así ocurre ahora: una parte significativa de la clase política formada en el viejo régimen encontró en Morena el nuevo vehículo del poder. La ironía es evidente. El partido que nació denunciando a “la mafia del poder” terminó absorbiendo a buena parte de ella.

Ahí están los ex gobernadores, los operadores electorales, los estrategas territoriales y los legisladores que durante décadas construyeron el sistema político priista o panista y que hoy operan dentro de la lógica de la llamada Cuarta Transformación.

No llegaron por casualidad. Morena era un movimiento con enorme fuerza electoral, pero con una debilidad evidente: carecía de experiencia administrativa y maquinaria territorial en muchas regiones del país.

Los ex priistas aportaron precisamente eso: estructura, disciplina política y conocimiento del funcionamiento real del Estado mexicano.

Los ex panistas aportaron otra cosa: legitimidad en sectores urbanos y empresariales donde Morena tenía dificultades para penetrar.

Pero esa integración tiene costos. Dentro del propio movimiento existe una tensión creciente entre los llamados “puros” —militantes formados en la izquierda histórica o en las luchas sociales— y los “conversos”, políticos formados en los partidos del antiguo régimen que hoy ocupan posiciones clave de poder.

Para muchos morenistas de origen, el problema no es solo ideológico. Es político. Consideran que algunos de esos cuadros llegaron a Morena no por convicción, sino por sobrevivencia.

Y en política, los sobrevivientes suelen ser también los más experimentados.

Por eso, en la práctica, muchos de los engranajes del poder territorial de Morena —gobiernos estatales, congresos locales, estructuras electorales— funcionan gracias a operadores que aprendieron el oficio político en el PRI o en el PAN.

La hegemonía de Morena, en ese sentido, no es una ruptura total con el pasado. Es más bien una reorganización del sistema político mexicano bajo una nueva marca partidista.

El viejo sistema no desapareció. Se mudó de casa. La pregunta que comienza a recorrer al movimiento gobernante es inevitable: si la hegemonía se sostiene sobre cuadros formados en el antiguo régimen, ¿hasta qué punto el proyecto político sigue siendo una transformación… o simplemente una adaptación del viejo poder a los nuevos tiempos?

Esa tensión —entre la narrativa del cambio y la realidad del poder— será una de las batallas silenciosas que marcarán la política mexicana en los próximos años.

 



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