Maestro Francisco Javier Aragón Salcido
En política, los momentos decisivos rara vez se
anuncian con estridencia. Llegan, más bien, como una acumulación de señales
dispersas que, vistas en conjunto, revelan una tendencia profunda. Morena
parece estar entrando precisamente en uno de esos momentos: una encrucijada
estratégica rumbo a 2027.
El partido gobernante enfrenta hoy una combinación
de factores que, de no ser atendidos con inteligencia política, pueden
erosionar su posición dominante: tensiones internas, inconformidades dentro de
la coalición gobernante, cuestionamientos sobre la eficacia de algunas
políticas públicas y una presión creciente —tanto interna como internacional—
en torno al rumbo de la democracia mexicana.
Se trata, en suma, de un amargo coctel político ,
que exige más prudencia estratégica que triunfalismo.
Reformas sin consenso.
La experiencia comparada demuestra que las reformas
institucionales no fracasan necesariamente por su contenido, sino por la forma
en que se procesan políticamente.
La discusión reciente sobre la reforma electoral
ilustra este fenómeno. Muchos de los temas planteados —reducción de costos del
sistema electoral, revisión del papel de los legisladores plurinominales,
combate al nepotismo y a la corrupción política— forman parte de un debate
legítimo en cualquier democracia.
El problema no radicó tanto en los asuntos
propuestos, sino en la ausencia de un proceso político incluyente capaz de
construir consensos mínimos.
Las reformas electorales, por definición, requieren
legitimidad compartida. Cuando se plantean bajo una lógica de imposición o de
mayoría circunstancial, corren el riesgo de debilitar la confianza
institucional que pretenden fortalecer.
La lógica de la aventura.
En política, tan importante como el contenido de
una reforma es la arquitectura de alianzas que la sostiene.
Aquí se encuentra uno de los errores estratégicos
más evidentes. La discusión se condujo bajo una lógica de juego de suma cero,
en la que la oposición aparecía como irrelevante y los aliados eran
considerados simplemente como acompañantes inevitables.
Sin embargo, las coaliciones gobernantes son
organismos delicados. Requieren diálogo permanente, reconocimiento político y,
sobre todo, márgenes de autonomía para sus integrantes.
Ignorar estas reglas elementales suele producir
efectos previsibles: incomodidad, resistencia y, eventualmente,
distanciamiento.
El murmullo del motín.
Dentro de la propia coalición gobernante se
perciben señales de inquietud.
Muchos de los cuadros que hoy participan en Morena
provienen de tradiciones políticas diversas. Ex militantes del PRI o del PAN
que encontraron en el nuevo movimiento una oportunidad de continuidad política,
pero que no necesariamente han abandonado sus estilos ni sus cálculos
estratégicos.
Ellos saben, por experiencia histórica, que los
sistemas dominados por un solo partido o por liderazgos excesivamente
centralizados suelen terminar reduciendo el margen de acción de sus aliados
hasta llevarlos a la irrelevancia.
No es extraño, por tanto, que comiencen a surgir tensiones
soterradas dentro del propio bloque gobernante.
La advertencia de Durazo. El propio presidente del Consejo Nacional de
Morena, Alfonso Durazo, lo expresó recientemente con claridad: la alianza con
el Partido del Trabajo y el Partido Verde no debe entenderse como una simple
suma de votos en el Congreso, sino como un componente fundamental para la
continuidad del proyecto político de la llamada Cuarta Transformación.
La afirmación contiene una advertencia implícita: la
coalición no es un accesorio, es una condición de gobernabilidad.
Cuidarla exige algo más que disciplina partidista;
requiere inteligencia política.
La carrera hacia 2027.
Mientras tanto, el reloj electoral ya comenzó a
correr. Morena ha iniciado formalmente el proceso interno para definir a sus
candidaturas rumbo a las elecciones de 2027, cuando estarán en disputa 17
gubernaturas y la renovación completa de la Cámara de Diputados.
Será, sin duda, la prueba política más importante
para el movimiento desde su llegada al poder.
En términos estrictos, 2027 funcionará como un
plebiscito nacional sobre el rumbo de la Cuarta Transformación.
El factor externo.
A esta compleja dinámica interna se suma otro
elemento que rara vez se discute con franqueza: la presión del entorno
internacional.
Las democracias contemporáneas se desenvuelven en
un sistema global donde los equilibrios geopolíticos, los intereses económicos
y los modelos políticos compiten permanentemente por legitimidad.
En América Latina, la tensión entre proyectos
estatistas y economías abiertas ha sido una constante. Los casos de Venezuela,
Cuba o Nicaragua ilustran cómo los conflictos internos pueden intensificarse
cuando se combinan con presiones externas —económicas, diplomáticas o incluso
estratégicas— provenientes del hemisferio.
México, por su peso económico y su cercanía con
Estados Unidos, difícilmente puede sustraerse a esa realidad.
La decisión inevitable.
Morena enfrenta, por tanto, una disyuntiva que toda
fuerza política dominante termina enfrentando tarde o temprano.
Puede optar por la rectificación estratégica:
reconstruir consensos, fortalecer su coalición, mejorar la eficacia de su
gestión pública y ampliar su capacidad de interlocución con los distintos
sectores del país.
O puede persistir en la lógica de la hegemonía
absoluta, confiando exclusivamente en su fuerza electoral y en la fragmentación
de la oposición.
La historia política mexicana ofrece abundantes
ejemplos de lo que ocurre cuando los partidos en el poder confunden mayoría con
permanencia.
En última instancia, los proyectos políticos no
suelen derrumbarse por la fuerza de sus adversarios, sino por la incapacidad
de corregir sus propios excesos.
El dilema para Morena es claro. De su capacidad
para leer con lucidez el momento dependerá si 2027 se convierte en la
consolidación de su proyecto histórico… o en el inicio de su desgaste
irreversible.
No hay comentarios:
Publicar un comentario