Maestro Francisco Javier Aragón Salcido.
Toda hegemonía política
necesita algo más que votos. Necesita cuadros, operadores y estructura
territorial. Y ahí es donde aparece una de las paradojas más
interesantes del poder actual en México: la hegemonía de Morena se sostiene, en
buena medida, sobre los hombros de ex priistas y ex panistas.
Una sublime pléyade: Cuauhtémoc, Porfirio, Ifigenia,
Camacho, Andrés Manuel, Ebrard, Monreal, Tatiana, Corral, los Yunes, Américo,
Robledo, Durazo, Laida, Espino, Quirino, Claudia, Fallad, Marina del Pilar.
Muchos creen que Nuestra Señora Presidenta, Claudia
Sheinbaum, está confinada en el Palacio Nacional. Si no hay ruptura, MORENA perdurará,
pero si se balcaniza, tal y como como sucedió con el PRI y, el PRD; su futuro será,
irremediablemente, incierto.
El fenómeno no es
casual. Cuando los sistemas políticos cambian de eje, las élites políticas no
desaparecen; se reacomodan. Así ocurrió
cuando el PRI perdió la presidencia en el 2000 y muchos cuadros migraron hacia
el PAN.
Y así ocurre ahora: una
parte significativa de la clase política formada en el viejo régimen encontró
en Morena el nuevo vehículo del poder. La
ironía es evidente. El partido que nació denunciando a “la mafia del poder”
terminó absorbiendo a buena parte de ella.
Ahí están los ex
gobernadores, los operadores electorales, los estrategas territoriales y los
legisladores que durante décadas construyeron el sistema político priista o
panista y que hoy operan dentro de la lógica de la llamada Cuarta
Transformación.
No llegaron por
casualidad. Morena era un movimiento con enorme fuerza electoral, pero con una
debilidad evidente: carecía de experiencia administrativa
y maquinaria territorial en muchas regiones del país.
Los ex priistas
aportaron precisamente eso: estructura, disciplina política y conocimiento del
funcionamiento real del Estado mexicano.
Los ex panistas
aportaron otra cosa: legitimidad en sectores urbanos y empresariales donde
Morena tenía dificultades para penetrar.
Pero esa integración
tiene costos. Dentro del propio movimiento existe una tensión creciente entre
los llamados “puros” —militantes formados
en la izquierda histórica o en las luchas sociales— y los “conversos”, políticos formados en los partidos del
antiguo régimen que hoy ocupan posiciones clave de poder.
Para muchos morenistas
de origen, el problema no es solo ideológico. Es político. Consideran que
algunos de esos cuadros llegaron a Morena no por
convicción, sino por sobrevivencia.
Y en política, los
sobrevivientes suelen ser también los más experimentados.
Por eso, en la
práctica, muchos de los engranajes del poder territorial de Morena —gobiernos
estatales, congresos locales, estructuras electorales— funcionan gracias a
operadores que aprendieron el oficio político en el PRI o en el PAN.
La hegemonía de Morena,
en ese sentido, no es una ruptura total con el pasado. Es más bien una reorganización del sistema político mexicano bajo una nueva marca
partidista.
El viejo sistema no
desapareció. Se mudó de casa. La pregunta que
comienza a recorrer al movimiento gobernante es inevitable: si la hegemonía se
sostiene sobre cuadros formados en el antiguo régimen, ¿hasta qué punto el proyecto
político sigue siendo una transformación… o simplemente una adaptación del viejo poder a los nuevos tiempos?
Esa tensión —entre la
narrativa del cambio y la realidad del poder— será una de las batallas
silenciosas que marcarán la política mexicana en los próximos años.