miércoles, 11 de marzo de 2026

La primera derrota política de Claudia Sheinbaum.

 


Maestro Francisco Javier Aragón Salcido

El rechazo en la Cámara de Diputados a la reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum no es solo una derrota legislativa.

Es el primer aviso de que el sistema político mexicano ha entrado en una nueva etapa: la etapa del poder negociado.

Durante seis años, el país vivió bajo una lógica distinta. El férreo liderazgo político del expresidente Andrés Manuel López Obrador logró mantener cohesionada a la coalición gobernante y disciplinar a aliados y legisladores. Las reformas avanzaban con relativa facilidad y el bloque oficialista votaba prácticamente en automático.

Ese ciclo parece haber terminado. La reforma electoral de Claudia Sheinbaum fue rechazada no solo por la oposición, sino por los propios aliados de Morena. El Partido Verde y el Partido del Trabajo decidieron votar en contra, exhibiendo que la alianza oficialista está sostenida más por intereses políticos que por convicciones ideológicas.

En política no existen las mayorías automáticas. Existen las mayorías negociadas. Y en este caso la negociación simplemente no ocurrió.

Los partidos aliados entendieron que el nuevo gobierno ya no tiene el mismo control político que existía en el sexenio anterior. Por eso elevaron el precio de su apoyo: más gubernaturas, más alcaldías, más posiciones legislativas.

Morena, acostumbrado a imponer su agenda desde el poder presidencial, subestimó la aritmética parlamentaria. El resultado fue una derrota que revela varias cosas al mismo tiempo.

Primero, que la oposición —PAN, PRI y Movimiento Ciudadano— aún tiene capacidad de bloquear reformas constitucionales cuando actúa en bloque.

Segundo, que dentro de Morena existe una disputa silenciosa por el control del movimiento. La incorporación masiva de ex priistas y ex panistas ha generado una nueva élite política dentro del partido que hoy disputa posiciones de poder.

Y tercero, que el sistema político mexicano está regresando a su viejo equilibrio: nadie gobierna solo.

En este escenario comienzan a reacomodarse los actores políticos. El regreso al Senado de Manlio Fabio Beltrones con propuestas para limitar la sobrerrepresentación legislativa es una señal de que la vieja clase política busca reposicionarse en el nuevo tablero.

Al mismo tiempo, Morena enfrenta conflictos internos, escándalos de corrupción y tensiones entre las distintas corrientes del movimiento.

Nada de esto significa el inicio del fin de Morena ni el debilitamiento definitivo del gobierno de Claudia Sheinbaum. Morena sigue siendo la principal fuerza política del país y mantiene una amplia presencia territorial.

Pero sí significa algo relevante: el fin del dominio político absoluto que caracterizó la era de Andres Manuel López Obrador.

La presidenta Claudia Sheinbaum enfrenta ahora una realidad distinta. Si quiere impulsar reformas profundas tendrá que hacer lo que todo gobierno en un sistema plural está obligado a hacer: dialogar, negociar y construir acuerdos.

Porque en la política mexicana hay una regla que nunca cambia. Cuando se termina la hegemonía, el control y el dominio , comienza la negociación.

 

martes, 10 de marzo de 2026

Los conversos del poder. Ex priistas y , ex panistas. Se adueñaron de MORENA.

Maestro Francisco Javier Aragón Salcido.

Toda hegemonía política necesita algo más que votos. Necesita cuadros, operadores y estructura territorial. Y ahí es donde aparece una de las paradojas más interesantes del poder actual en México: la hegemonía de Morena se sostiene, en buena medida, sobre los hombros de ex priistas y ex panistas.

Una sublime pléyade: Cuauhtémoc, Porfirio, Ifigenia, Camacho, Andrés Manuel, Ebrard, Monreal, Tatiana, Corral, los Yunes, Américo, Robledo, Durazo, Laida, Espino, Quirino, Claudia, Fallad, Marina del Pilar.

Muchos creen que Nuestra Señora Presidenta, Claudia Sheinbaum, está confinada en el Palacio Nacional. Si no hay ruptura, MORENA perdurará, pero si se balcaniza, tal y como como sucedió con el PRI y, el PRD; su futuro será, irremediablemente, incierto. 

El fenómeno no es casual. Cuando los sistemas políticos cambian de eje, las élites políticas no desaparecen; se reacomodan. Así ocurrió cuando el PRI perdió la presidencia en el 2000 y muchos cuadros migraron hacia el PAN.

Y así ocurre ahora: una parte significativa de la clase política formada en el viejo régimen encontró en Morena el nuevo vehículo del poder. La ironía es evidente. El partido que nació denunciando a “la mafia del poder” terminó absorbiendo a buena parte de ella.

Ahí están los ex gobernadores, los operadores electorales, los estrategas territoriales y los legisladores que durante décadas construyeron el sistema político priista o panista y que hoy operan dentro de la lógica de la llamada Cuarta Transformación.

No llegaron por casualidad. Morena era un movimiento con enorme fuerza electoral, pero con una debilidad evidente: carecía de experiencia administrativa y maquinaria territorial en muchas regiones del país.

Los ex priistas aportaron precisamente eso: estructura, disciplina política y conocimiento del funcionamiento real del Estado mexicano.

Los ex panistas aportaron otra cosa: legitimidad en sectores urbanos y empresariales donde Morena tenía dificultades para penetrar.

Pero esa integración tiene costos. Dentro del propio movimiento existe una tensión creciente entre los llamados “puros” —militantes formados en la izquierda histórica o en las luchas sociales— y los “conversos”, políticos formados en los partidos del antiguo régimen que hoy ocupan posiciones clave de poder.

Para muchos morenistas de origen, el problema no es solo ideológico. Es político. Consideran que algunos de esos cuadros llegaron a Morena no por convicción, sino por sobrevivencia.

Y en política, los sobrevivientes suelen ser también los más experimentados.

Por eso, en la práctica, muchos de los engranajes del poder territorial de Morena —gobiernos estatales, congresos locales, estructuras electorales— funcionan gracias a operadores que aprendieron el oficio político en el PRI o en el PAN.

La hegemonía de Morena, en ese sentido, no es una ruptura total con el pasado. Es más bien una reorganización del sistema político mexicano bajo una nueva marca partidista.

El viejo sistema no desapareció. Se mudó de casa. La pregunta que comienza a recorrer al movimiento gobernante es inevitable: si la hegemonía se sostiene sobre cuadros formados en el antiguo régimen, ¿hasta qué punto el proyecto político sigue siendo una transformación… o simplemente una adaptación del viejo poder a los nuevos tiempos?

Esa tensión —entre la narrativa del cambio y la realidad del poder— será una de las batallas silenciosas que marcarán la política mexicana en los próximos años.