Maestro Francisco Javier Aragón Salcido.
En política, los procesos de
apertura suelen cumplir una doble función: por un lado, permiten oxigenar la
vida interna de los partidos; por otro, facilitan la construcción de consensos
rumbo a momentos clave. En Sonora, Morena parece transitar justamente por esa
lógica.
Hace un año, el gobernador Alfonso
Durazo colocó sobre la mesa varios perfiles con posibilidades hacia la sucesión
estatal: Javier Lamarque, Adolfo Salazar, Lorenia Valles, Froylan Gámez,
Heriberto Aguilar y Célida López. Posteriormente, se sumaron figuras como María
Dolores del Río y Ana Gabriela Guevara, ampliando el espectro político dentro
del movimiento.
Este escenario ha sido
interpretado por algunos como una muestra de pluralidad interna; por otros,
como una etapa natural de posicionamiento previo a la definición de
candidaturas. En ambos casos, refleja un partido en movimiento, donde distintos
liderazgos buscan consolidar presencia territorial y política.
La analogía con la frase de Mao
Zedong 1957 —“que cien flores florezcan”— resulta útil
como referencia histórica, aunque con matices importantes. A diferencia de
aquel episodio, en el contexto actual sonorense no se observa un proceso de
confrontación ideológica, sino más bien una dinámica de competencia política
interna que, eventualmente, deberá resolverse en términos de unidad.
Un tablero en reconfiguración.
Tras el proceso electoral de
2024, las posiciones de los distintos actores permiten una lectura más clara
del momento político:
Javier Lamarque ha fortalecido
su presencia tras su reelección en Cajeme, consolidando una base territorial
relevante y visibilidad pública constante.
Lorenia Valles y Heriberto
Aguilar, ahora en el Senado, cuentan con una plataforma nacional que les
permite proyectarse a mediano plazo dentro del movimiento.
Adolfo Salazar, desde la
Secretaría de Gobierno, mantiene un rol clave en la operación política interna,
siendo un punto de articulación entre distintas corrientes.
Célida López y Froylan Gámez
continúan activos dentro del espacio político estatal, participando en tareas
estratégicas del movimiento.
María Dolores del Río, con
trayectoria y cercanía política, sigue siendo una figura de peso en el entorno
del actual gobierno.
La construcción de la unidad.
Más allá de los nombres, el
elemento central será la forma en que Morena procese esta diversidad de
perfiles. La eventual definición de un “candidato de unidad” no necesariamente
implica ausencia de competencia, sino el resultado de un proceso político
interno donde se valoran trayectorias, posicionamiento y viabilidad electoral.
En este sentido, la pluralidad
inicial puede entenderse como una etapa necesaria para fortalecer al partido,
siempre que logre traducirse en cohesión y no en división.
El reto para Morena en Sonora
será equilibrar ambas dimensiones: permitir la expresión de liderazgos sin
perder la capacidad de articular un proyecto común.
Al final, más que una “poda”,
lo que está en juego es la capacidad del movimiento para integrar sus distintas
corrientes en una sola ruta política.
Porque en contextos como el
actual, la verdadera fortaleza no radica únicamente en quién encabeza, sino en
la solidez del acuerdo que lo respalda.
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