miércoles, 13 de mayo de 2026

La Cumbre de MORENA en Hermosillo.

Maestro Francisco Javier Aragón Salcido. 


En días recientes se celebró en Hermosillo una reunión entre el gobernador Alfonso Durazo y los aspirantes de Morena a la candidatura para gobernador rumbo al periodo 2027-2030.

El encuentro era necesario. La sucesión morenista en Sonora lucía desangelada, sin emoción política ni capacidad de generar expectativa social. Más que una carrera interna, parecía un trámite burocrático administrado desde las cúpulas del poder.

La reunión —bautizada por algunos como “La Cumbre de Hermosillo”— congregó a las principales figuras o “corcholatas” del morenismo sonorense: Javier Lamarque Cano, alcalde de Cajeme; Adolfo Salazar Razo, secretario de Gobierno; Célida López Cárdenas, secretaria de Agricultura; María Dolores del Río Sánchez  , secretaria de la Contraloría y Buen Gobierno ; así como la senadora Lorenia Valles Sampedro y el senador Heriberto Aguilar Carrillo .

Sin embargo, detrás de la fotografía de unidad quedó expuesta una realidad menos tersa: Morena enfrenta un proceso sucesorio cargado de tensiones, recelos y pugnas silenciosas. La reunión buscó proyectar cohesión, pero terminó evidenciando que nadie quiere quedarse fuera de la disputa por el poder , que ya no es tan omnipresente .

El caso más visible es el de Javier Lamarque Cano, a quien desde distintos sectores del oficialismo se intenta posicionar como el “candidato natural”, bajo el reiterado respaldo de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo . Pero el problema para Morena es que las candidaturas no se imponen únicamente desde el centro; también necesitan legitimidad social y competitividad electoral, y Lamarque Cano   no aparece como puntero sólido en la percepción ciudadana.

Ahí radica la principal contradicción del oficialismo sonorense: mientras las élites del partido parecen inclinarse por una candidatura definida desde arriba, la realidad electoral muestra señales más complejas. Morena sigue siendo una fuerza poderosa en Sonora, pero ya no enfrenta el escenario cómodo de 2021  .

Correlación de fuerzas internas.

La llamada “unidad” de Morena depende hoy de un delicado equilibrio de intereses. Adolfo Salazar representa la continuidad del grupo político cercano al gobernador   Durazo y apunta más a una posición legislativa plurinominal que a una candidatura competitiva. Célida López y Dolores del Río conservan presencia política propia, aunque ambas arrastran el peso de su pasado panista, algo que todavía genera desconfianza entre sectores históricos de la izquierda sonorense.

En cuanto a los senadores Lorenia Valles y Heriberto Aguilar, su margen de maniobra es distinto. Ambos , por razones de edad, tienen tiempo político por delante y difícilmente arriesgarán capital en una contienda corta, considerando que la próxima gubernatura será solamente de tres años. Pueden esperar mejores condiciones hacia el  2030 .

La realidad es que nadie dentro de Morena posee hoy la fuerza suficiente para imponerse sin negociación. Por ello la figura de Alfonso Durazo emerge como árbitro absoluto del proceso. La “cumbre” fue, en el fondo, un acto de control político para evitar fracturas prematuras y mandar el mensaje de que la decisión final seguirá dependiendo del gobernador.

Todo indica que Morena tendrá que   proyectar  políticamente a Javier Lamarque Cano , a nivel Estado pues , no obstante que es un político  con larga trayectoria en la izquierda sonorense, y esta probada capacidad administrativa, pero cuenta también con un evidente desgaste generacional y político. A sus 72 años, representa más la continuidad del viejo obradorismo que una apuesta de renovación generacional   .

La verdadera fortaleza electoral de Morena no descansa únicamente en sus cuadros políticos, sino en la estructura clientelar construida desde los programas sociales federales, el padrón masivo de afiliados y los nuevos comités seccionales impulsados por el partido. Esa maquinaria territorial ,  si se apoya financieramente , será determinante en 2027.

El rol de la oposición.

Pero el contexto ya cambió. Morena enfrenta un desgaste nacional derivado de los crecientes señalamientos de corrupción y de la sombra cada vez más incómoda de la relación entre política y crimen organizado en algunos estados gobernados por el oficialismo. Las acusaciones provenientes de Estados Unidos contra el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y otros actores políticos han hecho trizas  la narrativa moral que Morena utilizó durante años como bandera.

En Sonora, además, aparece un factor que el oficialismo no puede minimizar menos ignorar : Antonio Astiazarán Gutiérrez  .

El alcalde de Hermosillo ha logrado construir una imagen de eficacia administrativa, cercanía ciudadana y modernización urbana que le permite conectar especialmente con las clases medias y sectores de la sociedad civil. A diferencia de otros perfiles opositores del pasado, Antonio Astiazarán sí representa una candidatura competitiva y con capacidad real de aglutinar al PAN, PRI y Movimiento Ciudadano alrededor de un proyecto común.

Su eventual candidatura obliga a Morena a resolver rápidamente sus contradicciones internas y presentar un perfil con experiencia administrativa, legitimidad política y capacidad de confrontación electoral. Porque si algo dejó claro la cumbre de Hermosillo es que la verdadera preocupación del oficialismo ya no está únicamente dentro de Morena, sino fuera de él.

Conclusión.

La llamada “Cumbre de Hermosillo” fue mucho más que una reunión partidista. Fue un ensayo de sucesión anticipada, una operación de control político y, al mismo tiempo, una señal de nerviosismo dentro del oficialismo sonorense.

Morena intentó mostrar unidad, pero también dejó ver sus fisuras internas, sus candidaturas débiles y la ausencia de una figura verdaderamente dominante rumbo al 2027.

La batalla por Sonora apenas comienza. Y, por primera vez en varios años, Morena ya no llega como un movimiento invencible.

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