Maestro Francisco Javier Aragón Salcido.
En días recientes se celebró en Hermosillo una reunión entre el
gobernador Alfonso Durazo y los aspirantes de Morena a la candidatura para
gobernador rumbo al periodo 2027-2030.
El encuentro era necesario. La sucesión morenista en Sonora lucía
desangelada, sin emoción política ni capacidad de generar expectativa social.
Más que una carrera interna, parecía un trámite burocrático administrado desde
las cúpulas del poder.
La reunión —bautizada por algunos como “La Cumbre de Hermosillo”—
congregó a las principales figuras o “corcholatas” del morenismo sonorense:
Javier Lamarque Cano, alcalde de Cajeme; Adolfo Salazar Razo, secretario de
Gobierno; Célida López Cárdenas, secretaria de Agricultura; María Dolores del
Río Sánchez , secretaria de la
Contraloría y Buen Gobierno ; así como la senadora Lorenia Valles Sampedro y el
senador Heriberto Aguilar Carrillo .
Sin embargo, detrás de la fotografía de unidad quedó expuesta una
realidad menos tersa: Morena enfrenta un proceso sucesorio cargado de
tensiones, recelos y pugnas silenciosas. La reunión buscó proyectar cohesión,
pero terminó evidenciando que nadie quiere quedarse fuera de la disputa por el
poder , que ya no es tan omnipresente .
El caso más visible es el de Javier Lamarque Cano, a quien desde
distintos sectores del oficialismo se intenta posicionar como el “candidato
natural”, bajo el reiterado respaldo de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo .
Pero el problema para Morena es que las candidaturas no se imponen únicamente
desde el centro; también necesitan legitimidad social y competitividad
electoral, y Lamarque Cano no aparece como puntero sólido en la
percepción ciudadana.
Ahí radica la principal contradicción del oficialismo sonorense: mientras
las élites del partido parecen inclinarse por una candidatura definida desde
arriba, la realidad electoral muestra señales más complejas. Morena sigue
siendo una fuerza poderosa en Sonora, pero ya no enfrenta el escenario cómodo
de 2021 .
Correlación de fuerzas internas.
La llamada “unidad” de Morena depende hoy de un delicado equilibrio de
intereses. Adolfo Salazar representa la continuidad del grupo político cercano
al gobernador Durazo y apunta más a una posición legislativa
plurinominal que a una candidatura competitiva. Célida López y Dolores del Río
conservan presencia política propia, aunque ambas arrastran el peso de su
pasado panista, algo que todavía genera desconfianza entre sectores históricos
de la izquierda sonorense.
En cuanto a los senadores Lorenia Valles y Heriberto Aguilar, su margen
de maniobra es distinto. Ambos , por razones de edad, tienen tiempo político
por delante y difícilmente arriesgarán capital en una contienda corta,
considerando que la próxima gubernatura será solamente de tres años. Pueden
esperar mejores condiciones hacia el 2030 .
La realidad es que nadie dentro de Morena posee hoy la fuerza suficiente
para imponerse sin negociación. Por ello la figura de Alfonso Durazo emerge
como árbitro absoluto del proceso. La “cumbre” fue, en el fondo, un acto de
control político para evitar fracturas prematuras y mandar el mensaje de que la
decisión final seguirá dependiendo del gobernador.
Todo indica que Morena tendrá que proyectar políticamente a Javier Lamarque Cano , a nivel
Estado pues , no obstante que es un político con larga trayectoria en la izquierda
sonorense, y esta probada capacidad administrativa, pero cuenta también con un
evidente desgaste generacional y político. A sus 72 años, representa más la
continuidad del viejo obradorismo que una apuesta de renovación generacional .
La verdadera fortaleza electoral de Morena no descansa únicamente en sus
cuadros políticos, sino en la estructura clientelar construida desde los
programas sociales federales, el padrón masivo de afiliados y los nuevos
comités seccionales impulsados por el partido. Esa maquinaria territorial , si se apoya financieramente , será
determinante en 2027.
El rol de la oposición.
Pero el contexto ya cambió. Morena enfrenta un desgaste nacional derivado
de los crecientes señalamientos de corrupción y de la sombra cada vez más
incómoda de la relación entre política y crimen organizado en algunos estados
gobernados por el oficialismo. Las acusaciones provenientes de Estados Unidos
contra el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y otros actores políticos
han hecho trizas la narrativa moral que
Morena utilizó durante años como bandera.
En Sonora, además, aparece un factor que el oficialismo no puede
minimizar menos ignorar : Antonio Astiazarán Gutiérrez .
El alcalde de Hermosillo ha logrado construir una imagen de eficacia
administrativa, cercanía ciudadana y modernización urbana que le permite
conectar especialmente con las clases medias y sectores de la sociedad civil. A
diferencia de otros perfiles opositores del pasado, Antonio Astiazarán sí
representa una candidatura competitiva y con capacidad real de aglutinar al
PAN, PRI y Movimiento Ciudadano alrededor de un proyecto común.
Su eventual candidatura obliga a Morena a resolver rápidamente sus
contradicciones internas y presentar un perfil con experiencia administrativa,
legitimidad política y capacidad de confrontación electoral. Porque si algo
dejó claro la cumbre de Hermosillo es que la verdadera preocupación del
oficialismo ya no está únicamente dentro de Morena, sino fuera de él.
Conclusión.
La llamada “Cumbre de Hermosillo” fue mucho más que una reunión
partidista. Fue un ensayo de sucesión anticipada, una operación de control
político y, al mismo tiempo, una señal de nerviosismo dentro del oficialismo
sonorense.
Morena intentó mostrar unidad, pero también dejó ver sus fisuras
internas, sus candidaturas débiles y la ausencia de una figura verdaderamente
dominante rumbo al 2027.
La batalla por Sonora apenas comienza. Y, por primera vez en varios años,
Morena ya no llega como un movimiento invencible.
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