Maestro Francisco Javier Aragón Salcido
La mayoría de los
analistas sigue observando la sucesión de Sonora desde el ángulo equivocado.
Mientras casi toda la
atención se concentra en quién encabezará la candidatura de Morena —Javier
Lamarque, Lorenia Valles, Célida López, Froylan
Gámez, María Dolores del Río u Omar del Valle Colosio—, la verdadera competencia
ya comenzó en otro terreno mucho más profundo: la disputa por la hegemonía de
la sociedad sonorense.
Antonio Gramsci
sostenía que existen dos formas de ejercer el poder. La primera consiste en
controlar el Estado: el gobierno, el Congreso, el presupuesto, las
instituciones y los programas sociales. La segunda, mucho más difícil de
conquistar, consiste en dirigir intelectual y moralmente a la sociedad hasta
lograr que una determinada visión del mundo sea aceptada como el sentido común
de la mayoría.
A la primera la llamó
dominación. A la segunda, hegemonía. Y precisamente ahí comienza a observarse
el fenómeno político más interesante rumbo a 2027.
Morena conserva
prácticamente toda la dominación institucional. Gobierna Sonora, posee mayoría
política, administra el presupuesto, opera la estructura territorial más amplia
del estado y mantiene la política social más extensa de las últimas décadas.
Sin embargo, controlar
el Estado no significa necesariamente dirigir a la sociedad. La hegemonía se
construye en otro espacio: universidades, empresarios, profesionistas, medios
de comunicación, organizaciones ciudadanas, iglesias, asociaciones civiles,
liderazgos sociales y clases medias urbanas. Es ahí donde comienza a observarse
una correlación de fuerzas distinta.
LA PARADOJA DE MORENA.
Después de ocho años de
gobierno federal y casi cinco en Sonora, Morena consolidó un enorme poder
institucional. Lo que no consiguió fue construir una nueva cultura política.
La explicación resulta
sencilla. La estructura económica mexicana continúa siendo esencialmente
capitalista. Mientras ello no cambie, seguirán predominando valores como el
emprendimiento, la competencia, la propiedad privada, la movilidad social y la
lógica del mercado.
Gramsci advertía que la
economía condiciona la conciencia colectiva, aunque no la determina
completamente. Por ello, la batalla decisiva ocurre en la sociedad civil. Y
precisamente ahí Morena presenta su mayor debilidad.
La redistribución del
ingreso mediante programas sociales mejora las condiciones materiales de
millones de familias. Pero no transforma automáticamente los valores, las
aspiraciones ni la cultura política. Los apoyos generan legitimidad.
La hegemonía exige algo
mucho más complejo: producir consenso. La experiencia reciente confirma esa
diferencia.
Las consultas populares,
la revocación de mandato y la elección judicial registraron niveles de
participación muy inferiores a las votaciones constitucionales obtenidas por
Morena. Ello demuestra que los beneficiarios de los programas sociales no
constituyen un voto cautivo. Existe una diferencia creciente entre ganar
elecciones y movilizar voluntariamente a la sociedad.
LA OTRA CAMPAÑA.
Mientras los seis
aspirantes morenistas concentran prácticamente toda su energía en ganar la
encuesta interna para convertirse en Coordinador de la Defensa de la Cuarta
Transformación y la Soberanía Nacional, Antonio Astiazarán parece haber
escogido otra ruta. No está haciendo únicamente una precampaña. Está
construyendo una plataforma de legitimidad social alterna .
Su discurso no gira
alrededor de la confrontación ideológica. Se dirige hacia las clases medias,
los empresarios, las universidades, los profesionistas, las organizaciones
ciudadanas y los sectores productivos. Su narrativa privilegia la eficiencia
administrativa, la innovación tecnológica, la sustentabilidad, la participación
ciudadana y la colaboración entre gobierno y sociedad.
En otras palabras,
intenta convertir un modelo municipal de gobierno en una idea compartida por
amplios sectores sociales. Eso, precisamente, es hegemonía. Por esa razón
resulta menos costosa su expansión política. Sus simpatizantes participan
voluntariamente en giras, reuniones y eventos porque consideran que forman
parte de un proyecto propio y no únicamente de una estructura electoral.
DOS PODERES DISTINTOS.
Hoy Sonora parece
entrar en una etapa donde dominación y hegemonía comienzan a separarse. Morena
conserva el aparato del Estado.
Antonio Astiazarán
comienza a disputar el consenso social. Son dos formas distintas de poder. Una
administra. La otra persuade. Una controla instituciones. La otra construye
legitimidad.
Y cuando ambas dejan de
coincidir, las elecciones dejan de depender exclusivamente de las estructuras
partidistas. Empiezan a depender del sentido común de la sociedad.
EL VERDADERO DESAFÍO DE MORENA.
Alfonso Durazo impulsó
la construcción de una nueva clase política. Sin embargo, el proyecto no logró
consolidar una nueva cultura política.
Peor aún. Amplios
sectores observan que parte de la dirigencia nacional y local abandonó la austeridad
republicana prometida y comenzó a reproducir prácticas similares a las que
durante décadas criticó. Ese desgaste moral termina debilitando la autoridad
política. Porque la hegemonía no se sostiene únicamente mediante recursos
públicos. También necesita coherencia.
EPÍLOGO. La elección de 2027
probablemente no decidirá solamente quién gobernará Sonora. Resolverá algo mucho más importante.
Determinará qué
proyecto logra convertirse en la referencia política de la sociedad sonorense. Morena
llega con una enorme fortaleza institucional.
Antonio Astiazarán
parece haber entendido que la batalla decisiva no se libra dentro del gobierno,
sino fuera de él.
Ése es, quizá, el principal reto de
la coyuntura sonorense: Morena sigue siendo el partido dominante; pero, por
primera vez desde 2021, comienza a comportarse como el retador en la disputa
por la hegemonía, mientras tanto , la oposición intenta convertirse en la nueva
mayoría cultural antes que en la nueva mayoría electoral.

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