miércoles, 24 de junio de 2026

Morena en Sonora: una sucesión deslucida, inicua y predecible.

 


Maestro Francisco Javier Aragón Salcido.

La sucesión de Morena en Sonora debe leerse menos como una competencia interna y más como un problema de administración del poder. Ése es el dato central. Lo que está en marcha no es una contienda abierta para identificar al perfil más competitivo, sino un procedimiento de control orientado a producir una candidatura funcional a la continuidad del grupo gobernante, minimizando fracturas internas, conteniendo aspiraciones desbordadas y preservando la capacidad de decisión del centro.

Visto así, el proceso no es excepcional: Morena está replicando, a escala estatal, el método que utilizó en la sucesión presidencial de 2024. Entonces se registraron Claudia Sheinbaum, Marcelo Ebrard, Ricardo Monreal, Gerardo Fernández Noroña y Adán Augusto López; formalmente hubo encuesta, recorridos y reglas; políticamente hubo una decisión administrada desde arriba.

La enseñanza de aquel episodio sigue siendo válida: en Morena la encuesta existe, pero no sustituye a la política vertical. Sirve para ordenar, dosificar y legitimar una decisión cuyo criterio principal no es la competencia abierta, sino la continuidad del proyecto y la estabilidad del mando.

Sonora está entrando a ese mismo libreto. Formalmente, el proceso electoral ordinario 2026-2027 arrancará en la primera semana de octubre de 2026; el registro constitucional de candidaturas a la gubernatura ocurrirá hasta marzo de 2027; y las precampañas deberán desarrollarse en enero y febrero.

Sin embargo, Morena decidió adelantarse y emitir su convocatoria interna para las gubernaturas de 2027, fijando para Sonora el registro de aspirantes el viernes 26 de junio de 2026, bajo la figura de las “Coordinaciones Estatales para la Defensa de la 4T y la Soberanía Nacional”.

La relevancia de esa figura no es jurídica, sino política. El futuro coordinador o coordinadora no será un simple dirigente partidista: será, en los hechos, un precandidato con ventajas de candidato, pero sin las restricciones formales del candidato. Tendrá exposición, capacidad de recorrer el estado, posibilidad de articular estructuras, fijar agenda, construir relato y ordenar adhesiones sin asumir todavía el costo legal de una campaña. En términos estratégicos, Morena busca construir una candidatura temprana sin llamarla candidatura.

El problema es que ese diseño, que parece una ventaja, también entraña un riesgo. Una cosa es ungir a un coordinador; otra, sostenerlo durante seis o siete meses en una zona gris, antes del registro formal de candidaturas. En ese lapso, la figura seleccionada no sólo acumulará exposición y desgaste; también empezará a absorber, sin mediaciones, el balance del gobierno saliente.

Y allí aparece el verdadero dilema de Morena en Sonora: la sucesión no se resolverá sólo por la fuerza de su aparato, sino por el costo político de la continuidad.

En esa ecuación el actor clave es Alfonso Durazo Montaño. No únicamente por ser gobernador del estado, sino porque además preside el Consejo Político Nacional de Morena. Es decir, combina poder territorial, capacidad de arbitraje interno y conexión orgánica con la dirección nacional del partido. Durazo abrió de hecho la sucesión local en marzo del año pasado al destapar a Adolfo Salazar, Froylan Gámez, Célida López, Lorenia Valles, Javier Lamarque, Heriberto Aguilar y María Dolores del Río. El gesto no fue protocolario: delimitó el perímetro de los aspirantes permitidos y, con ello, definió que la disputa se daría dentro de un universo previamente autorizado por el poder.

Sin embargo, el episodio políticamente más revelador no fue el destape original, sino lo que ocurrió después con Javier Lamarque. En una Mañanera del Pueblo, la presidenta Claudia Sheinbaum lo elogió y lo invitó al templete durante una gira por el sur del estado. Más tarde, Alfonso Durazo dijo que Lamarque era “un magnífico elemento” y que, si lo veían en la boleta, lo apoyaran. El mensaje fue leído como un anticipo del desenlace. Lamarque actuó en consecuencia: anunció que pediría licencia a principios de junio.

Pero allí se produjo la corrección desde la Ciudad de México. El Comité Ejecutivo Nacional de Morena intervino para frenar la aceleración, devolver a los demás aspirantes una apariencia de piso parejo y reordenar el proceso al ritmo del centro. El registro, se informó, sería hasta el 26 de junio. Esa rectificación vale más que muchos discursos porque exhibe la estructura real de mando: la candidatura de Morena en Sonora no se decidirá ni en Cajeme ni exclusivamente en Hermosillo; se decidirá en la interacción entre el poder local y el centro nacional, con predominio de este último cuando sea necesario.

Esa secuencia permite extraer tres conclusiones estratégicas.

La primera es que Javier Lamarque no aparece, al menos hasta ahora, como un candidato de expansión, sino como un candidato de aparato. Es decir, como un perfil útil para ordenar lealtades internas, garantizar continuidad y mantener cohesionado al oficialismo, pero no necesariamente como la opción más eficaz para ampliar la coalición electoral de Morena más allá de su base dura. Esa distinción importa. Un candidato de aparato sirve para ganar la interna; un candidato de expansión sirve para reducir negativos, disputar el centro político, contener el voto de castigo y atraer electores no orgánicos. Morena tendrá que decidir cuál de los dos problemas quiere resolver primero: el de la disciplina interna o el de la competitividad externa.

La segunda conclusión es que Alfonso Durazo no tiene control irrestricto sobre la sucesión, pese a su peso político. Puede influir, ordenar, abrir y cerrar compuertas, pero no puede imponer sin negociación con el centro. La corrección a Lamarque demuestra que incluso un gobernador con posición nacional relevante sigue operando dentro de una cadena de mando donde la decisión última no depende sólo de la voluntad local.

La tercera conclusión es la más delicada para Morena: la candidatura de 2027 será evaluada como vehículo de continuidad del Duracismo, no sólo como representación de la marca 4T. Eso modifica toda la lógica de la sucesión. La pregunta ya no es únicamente quién puede ganar la encuesta interna, sino quién está en condiciones de cargar con el balance del sexenio sin hundirse con él.

Y ése es el punto crítico. Morena llega a la sucesión con activos importantes: 72 comités municipales, alrededor de 1,600 comités seccionales, unos 200 mil afiliados y los más de 500 mil beneficiarios de los programas del bienestar federal y estatal.

Tiene capacidad de movilización, defensa del voto, presencia territorial y disciplina organizativa. En una elección competida, ese aparato vale mucho. Pero en política electoral el aparato no flota en el vacío: se monta sobre un gobierno, y el gobierno de Durazo ya no es una promesa, sino un expediente abierto.

Ese expediente incluye un conjunto de obras anunciadas, proyectadas, en proceso o inconclusas que pesarán en la narrativa opositora y en la evaluación ciudadana: la Planta Fotovoltaica de Puerto Peñasco; los cuatro carriles a Sonoita; el tren fantasma de Nogales; la planta de licuefacción de Puerto Libertad; los cuatro carriles a Bahía de Kino; la carretera Imuris-Cananea; la modernización del puerto de Guaymas y la carretera a Chihuahua; los malecones; el Bosque Urbano La Sauceda; el plan hídrico; además de otras obras anunciadas con amplitud, pero no iniciadas o no concluidas con la eficacia prometida.

El problema no es sólo administrativo; es político. En 2027 Morena ya no podrá pedir un voto de expectativa, sino una ratificación de resultados. Y una ratificación obliga a defender no el relato, sino el desempeño. Allí es donde la continuidad se vuelve un arma de doble filo: la marca Morena puede seguir siendo competitiva, pero su candidato o candidata cargará inevitablemente con la evaluación del gobierno estatal. Si el balance de Durazo se percibe como incompleto, lento o que se quedó en promesas, esa percepción no se quedará en Palacio de Gobierno; se trasladará a la boleta.

Por eso el dilema de Morena no es menor. Si opta por un perfil demasiado identificado con la continuidad pura y dura del Duracismo, maximiza la cohesión interna, pero también concentra sobre la candidatura el desgaste del sexenio. Si, en cambio, se inclina por un perfil de LORENIA VALLES, con mayor autonomía, interlocución social y margen de corrección, entonces gana competitividad externa, pero envía una señal implícita de que la continuidad no era tan virtuosa como se afirmaba. En ambos escenarios hay costos. La diferencia es dónde se deciden: si dentro del partido o frente al electorado.

A eso se suma un problema narrativo. Morena ha decidido envolver la sucesión en la consigna de la “Defensa de la 4T y la Soberanía Nacional”. Como consigna partidista puede servir para ordenar a la militancia; como narrativa de campaña estatal es mucho menos evidente. Sonora no elegirá en 2027 a un custodio ceremonial del discurso presidencial, sino a un gobernador o gobernadora con responsabilidades concretas en seguridad, agua, salud, infraestructura, empleo, inversión y desarrollo regional. La pregunta, entonces, es si la apelación a la soberanía nacional funcionará como una plataforma de gobierno o como un recurso discursivo para desplazar la conversación lejos del balance estatal.

En términos de coyuntura, Morena parece apostar a que su fortaleza organizativa y el arrastre de la marca 4T compensarán el desgaste del gobierno local. Es una apuesta racional, pero no exenta de riesgo. Funciona si la oposición llega fragmentada, si no logra fijar un contraste creíble y si el costo del Duracismo se mantiene por debajo del umbral de castigo electoral. Deja de funcionar si la elección se convierte en un referéndum sobre resultados, obras incumplidas, centralización de decisiones y fatiga de gobierno.

Ésa es la razón por la cual la sucesión sonorense luce, desde ahora, deslucida, inicua y predecible. Deslucida, porque no ofrece una competencia sustantiva entre proyectos, sino una administración vertical de aspiraciones. Inicua, porque el supuesto “piso parejo” convive con señales, vetos, correcciones y preferencias que vuelven imposible hablar de igualdad genuina entre contendientes. Y predecible, porque el método no está diseñado para descubrir al perfil más competitivo hacia afuera, sino para seleccionar al más funcional hacia adentro.

Pero la vulnerabilidad principal de Morena no está en el método, sino en el costo de su propia continuidad. Durazo puede ordenar la baraja, contener aspirantes, repartir señales y planchar la candidatura. Lo que no puede hacer es sacar de la boleta el balance de su gobierno. Y ése será el dato decisivo de 2027.

La elección no se resolverá únicamente en la encuesta interna de Morena, sino en una pregunta más elemental y más dura: si el electorado sonorense considera que vale la pena extender un sexenio que prometió transformación y llegará a la sucesión cargando pendientes, obras inconclusas y un desgaste que el aparato no necesariamente puede neutralizar.

En síntesis: Morena enfrenta en Sonora un problema menos de nominación que de herencia. Su desafío no consiste sólo en escoger candidato, sino en decidir quién está dispuesto —y quién está en condiciones— de cargar con el costo político de continuar el gobierno de Alfonso Durazo.

 

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