Maestro Francisco
Javier Aragón Salcido
No es Lorenia. No es
Lamarque. Es Morena. Y, sobre todo, es la idea de que la 4T todavía puede ganar
sola.
En Sonora, Antonio
Astiazarán ya entendió algo que buena parte de la oposición todavía no termina
de procesar: en 2027 no se va a enfrentar a un candidato de Morena; se va a
enfrentar a la marca Morena.
Ésa es la batalla real.
No Lorenia Valles. No
Javier Lamarque. No una boleta con nombre y apellido. Lo que Toño tiene
enfrente es algo más complejo y, al mismo tiempo, más vulnerable: la inercia
de la 4T, su aparato territorial, su capacidad de transferir votos desde el
poder y la percepción —todavía viva— de que Morena sigue siendo en Sonora una
maquinaria prácticamente invencible.
Pero esa percepción
empieza a agrietarse.
Por primera vez desde
2018, Morena ya no se mueve en Sonora con el aire triunfal del que se sabe
inevitable. Sigue siendo la fuerza dominante, sí. Sigue teniendo estructura,
gobierno, programas sociales, comités, alcaldías y la ventaja brutal de
gobernar. Pero ya no flota sobre la política local como una marca inmune al
desgaste.
La aprobación
presidencial ya no empuja igual. La narrativa del “segundo piso” no alcanza por
sí sola para ordenar la sucesión. Y, sobre todo, Alfonso Durazo ya no tiene
frente a sí una elección de conquista, sino una elección de defensa.
Eso cambia el tablero.
Morena sigue arriba. El
problema es que ya no puede ganar sólo por costumbre.
La gran novedad de la
coyuntura sonorense no es que Morena esté derrotada. Eso sería una lectura
perezosa. La novedad es otra: Morena empieza a verse obligada a competir en
serio.
Durante años, el
obradorismo ganó en Sonora con una combinación casi perfecta: arrastre
presidencial, rechazo al viejo régimen y una promesa de transformación que
todavía no cobraba factura.
En 2021, Durazo fue la
síntesis ideal de ese momento. No sólo era el candidato de Morena; era el
candidato del presidente, del cambio y del reacomodo del poder estatal. Llegó
con la ola completa.
Hoy esa ola ya no
existe con la misma fuerza.
Ni Lorenia Valles ni
Javier Lamarque tienen el tamaño simbólico de Durazo en 2021. Son perfiles con
presencia, trayectoria y méritos propios, pero no con el aura de quien encarna
una transición histórica.
No llegan montados en
el mismo impulso ni cargan la misma centralidad política. Dicho sin rodeos: ninguno
de los dos parece hoy un candidato capaz de ganar sólo por aparecer en la
boleta con el logotipo de Morena.
Y ése es el primer dato
que debería preocupar al oficialismo.
Porque cuando un
partido deja de ganar por inercia, queda obligado a hacer política. A ordenar
su sucesión. A procesar ambiciones. A contener agravios. A administrar egos. A
defender resultados. A disciplinar estructuras. A escoger sin romper. Y Morena,
justamente en eso, entra a la parte más delicada del camino.
El modelo de
corcholatas le funcionó a López Obrador. A Durazo puede explotarle en las manos.
Aquí está uno de los
nudos más importantes de la elección.
Morena en Sonora quiere
replicar el método de las corcholatas: un proceso largo, supuestamente abierto,
medido por encuestas, con varios aspirantes compitiendo por una candidatura
que, en teoría, resolverá el pueblo. En el papel suena democrático. En la
práctica puede convertirse en una trituradora.
¿Por qué? Porque el
modelo presidencial funcionó por una razón elemental: López Obrador tenía
control absoluto del proceso. Él fijaba tiempos, límites, premios, castigos
y destino final. Nadie podía desobedecerlo de verdad. Nadie podía salirse del
guion sin pagar un costo altísimo.
Durazo no está en esa
posición.
No tiene un sucesor
natural indiscutible. No tiene una figura única que le garantice continuidad, obediencia
y competitividad al mismo tiempo.
Lorenia Valles no es,
por sí sola, una heredera automática del poder estatal.
Javier Lamarque tampoco
es un cuadro disciplinable como si fuera pieza de escritorio. Tiene historia,
votos, territorio y agenda propia. Ninguno es plenamente “hechura” del
gobernador. Y eso vuelve mucho más riesgosa la sucesión.
Lo que Morena puede
vivir entre julio de 2026 y enero de 2027 no es una competencia tersa, sino una
guerra civil de baja intensidad: encuestas discutidas, operadores
saboteándose, territorios abandonados, filtraciones, agravios acumulados,
pactos de último minuto y un desgaste interno que no necesariamente se verá en
los discursos, pero sí en la calle.
Ése es el punto ciego
del oficialismo.
Morena puede llegar a
la elección con candidata o candidato, sí. La pregunta es en qué estado
emocional, político y territorial llegará su propia coalición.
Y mientras Morena se
pelea por el futuro, Toño Astiazaran puede adueñarse del presente
Ésa es la ventaja más
clara de Antonio Astiazarán.
Mientras el oficialismo
se enreda en su método, Toño puede hacer lo único que importa en política antes
de la campaña: ocupar territorio, construir narrativa y parecer el único que
ya entendió de qué va la elección.
Hasta ahora, ha tomado
una decisión correcta: no pelearse en el terreno de las siglas. Toño sabe que
si se deja encapsular como “el candidato del PAN” o “el rostro del PRIAN”,
Morena le habrá ganado media campaña antes de empezarla.
Por eso ha intentado otra
ruta: ofertarse menos como opositor
partidista y más como gobernante eficaz; menos como jefe de bloque y más como
administrador que resuelve; menos como político profesional y más como técnico
con sensibilidad ciudadana.
No es un detalle menor.
Es su principal activo.
En un estado donde el
descrédito de los partidos tradicionales sigue pesando, Toño ha buscado
construir una identidad política más útil que ideológica. Y en esa
construcción, CRECES no es sólo un programa municipal: es su pieza más
inteligente de comunicación política.
Porque CRECES le
permite contar una historia muy poderosa: que el ciudadano no sólo pide, sino
que decide; que el gobierno no sólo reparte, sino que escucha; que el poder no
baja de un comité, sino que sube desde la colonia. Frente a la lógica morenista
del aparato, Toño quiere oponer la lógica del vecino. Frente a la estructura,
la participación. Frente a la disciplina partidista, el método ciudadano.
Morena tiene comités.
Toño quiere tener comunidad.
Y si esa narrativa prende
fuera de Hermosillo, la elección se vuelve otra cosa.
El problema de Toño
tiene nombre: Hermosillo
Ahora bien, no hay que
romantizar de más el momento del alcalde. Su fortaleza tiene un límite muy
claro: hasta hoy, Toño sigue siendo sobre todo un fenómeno hermosillense.
Y con Hermosillo no
alcanza.
Sí, la capital da base,
visibilidad, recursos, medios, clase media y capacidad de marcar agenda. Pero
la gubernatura de Sonora no se gana en una sola plaza, por más poderosa que
sea. Se gana en la suma de regiones heridas, municipios medianos, corredores
productivos, votos de castigo y estructuras locales.
Se gana en Cajeme,
Guaymas, Navojoa, Huatabampo, Nogales, San Luis Río Colorado y en el mapa de
ciudades donde el enojo con el gobierno puede traducirse en alternancia.
Ahí está el examen
verdadero de Astiazarán.
Si quiere ser
competitivo, necesita salir ya del confort político de la capital y bajar a
donde Morena todavía conserva arraigo, pero ya no necesariamente entusiasmo.
Necesita dejar de hablarle sólo al empresariado, a la clase media urbana o al
votante digitalizado de Hermosillo, y empezar a construir lenguaje, presencia y
alianzas en el Yaqui, el Mayo, la frontera y la sierra.
Necesita, en pocas
palabras, convertir una marca municipal en una plataforma estatal.
Si “Sonora con Todo” no
logra presencia real en 2026, el proyecto se encoge. Si no aparecen aspirantes
a alcaldes, que ostenten liderazgos regionales, y cuadros intermedios y
redes locales que le den cuerpo fuera de Hermosillo, Toño llegará a 2027 con
una candidatura visible, pero no necesariamente competitiva.
Morena tiene
estructura. Toño tiene tiempo, talento y energía . Y a veces eso vale más.
La paradoja de esta
elección es ésa: Morena llega con el poder, pero con menos margen del que presume;
Toño llega sin el aparato estatal, pero con una ventana de oportunidad que no
había existido para la oposición en años.
Porque el oficialismo
tiene que defender demasiadas cosas al mismo tiempo. Tiene que cuidar la
relación entre sus grupos. Tiene que administrar la sucesión. Tiene que
sostener la popularidad de la marca. Tiene que defender a sus alcaldes. Tiene
que evitar que el desgaste de gobernar se convierta en desgaste de votar. Y
tiene, además, que convencer a los sonorenses de que la continuidad todavía
vale la pena.
No es poca cosa.
Si la inseguridad sigue
pesando, si el agua continúa como herida abierta en el sur, si el
IMSS-Bienestar no termina de consolidarse, si el Plan Sonora no aterriza en
resultados visibles para la vida diaria, Morena llegará a la boleta con un
problema clásico de los gobiernos largos: haber prometido más de lo que la
gente siente que recibió.
Y ahí Toño puede hacer
daño. Mucho daño.
No porque hoy tenga
garantizada la victoria, sino porque empieza a instalar una pregunta incómoda
para el oficialismo: ¿y si esta vez Morena sí tiene que sudar para ganar?.
La elección puede
definirse en 2026, no en 2027.
Éste es el dato más
importante de todos.
La gubernatura no se va
a decidir solamente en la campaña constitucional. Se va a empezar a decidir
mucho antes: en este año previo de 2026,
en el periodo de posicionamiento, en la forma en que cada bloque use su tiempo.
Para Morena, 2026 será
el año de la prueba interna: saber si su método de sucesión ordena o fractura,
si Durazo impone o negocia, si el candidato sale fortalecido o sale herido.
Para Toño, será el año del examen territorial: comprobar si “Sonora con Todo”
es una red estatal o un buen eslogan municipal; si puede sembrar estructura
social sin pedir todavía el voto; si puede entrar al Yaqui, al Mayo y a la
frontera con algo más que presencia mediática.
Ése será el verdadero
laboratorio.
Porque, al final, la
elección de Sonora no va a definirse sólo entre partidos. Va a definirse entre
dos maneras de entender el poder.
Morena ofrece partido,
comité, gobierno.
Toño quiere ofrecer
ciudadano, comunidad, gobierno.
Uno pide confianza en
la continuidad. El otro necesita pedir confianza en la capacidad de corregir.
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